jueves, 21 de junio de 2012

El ladrón de mentiras.

Hoy he tomado café con algunas mamás de compañeras de mi hija después de dejarlas en el cole. La conversación, no por repetida es menos interesante: nuestros niñ@s y sus "originales" mentiras...Y entrecomillo lo de originales porque realmente son cualquier cosa menos eso. Cuando pretenden hacernos pasar por idiotas todos cuentan más o  menos las mismas películas, añadiendo detalles de cosecha propia, pero la esencia de la trola es la misma: ocultar una nota de la profe, exagerar calificaciones de exámenes, fingir dolores para que vayamos a buscarlos al cole, no hacer los deberes asegurando que terminaron las tareas en clase, echarle la culpa a fulanito del lío del patio o jurar y perjurar que alguien los convenció para hacer no sé que trastada... Y luego están las de periodicidad diaria, las de andar por casa del tipo "yo no fui, yo no empecé, no estaba haciendo nada, no dije eso"...etc etc. El repertorio es amplio y doloroso porque las mentiras a pesar de que ellos no lo entiendan, duelen.
A propósito de este tema, quiero hacer una reflexión sobre la importancia y dramatismo que las madres y padres le damos a según qué mentiras. Sara tenía que hacer estos últimos días un trabajo sobre un libro que debía elegir libremente en la biblioteca de su cole. Para mi sorpresa apareció en casa con uno titulado "el ladrón de mentiras". Y creo que todos los adultos deberíamos leerlo.

El protagonista de la historia es un niño de 9 años que miente sin intención clara, por supuesto no por hacer daño, sino para observar las reacciones de la gente que está a su alrededor que le repiten constantemente que no se debe mentir pero que ellos lo hacen casi a diario con una impunidad que parece conceder la edad. Y él no entiende nada... Su entorno le tacha de mentiroso, pero al mismo tiempo su papá se queda dormido y llegan tarde al colegio y le dice a la profe que han tenido un accidente y por eso se han retrasado... Y no pasa nada.

Entonces se le ocurre comprobar lo que sucedería si él dijese una mentira tan grave como la que ha dicho su padre. Y le "confiesa" a una vecina que ha visto a su padre besándose con otra mujer, algo que no es cierto. Imaginaos el resto: los padres sintiéndose culpables por la educación que le han dado, el hermano alucinando, los profesores escandalizados y todo el mundo opinando sobre si tiene un problema sicológico o es un niño "malo". El niño, entonces, se plantea si decir la verdad todo el tiempo es posible y por qué a él se le exige lo que los demás no tienen intención de cumplir. Y decide que dirá todo lo que piensa en todo momento. Y comienza por decirle abiertamente a la mamá de una niña que su vestido naranja es lo más horroroso que ha visto en su vida y que además le sienta fatal. Ahora, nuestro protagonista tiene una nueva etiqueta: además de mentiroso es maleducado y desagradable.

Creo que esto nos da una idea de lo difícil que es mantener el equilibrio entre lo que predicamos y lo que realmente hacemos... Por supuesto que a los niños hay que hacerles entender que mintiendo no se llega a ningún sitio y que "cae antes un mentiroso que un cojo" pero todo en su justa medida. Si, justa medida, esa que nunca conseguimos encontrar cuando intentamos valorar el comportamiento de nuestros hijos. Ellos, cuando llegan a una determinada edad a pesar de que diferencian perfectamente lo que está bien de lo que está mal, a veces se atascan, comienzan algo, se enredan y no saben cómo salir...Y, salvo casos especiales en los que ya la cosa necesite ayuda profesional, no son conscientes del daño que nos causan. Son egoistas por naturaleza y sólo piensan en ellos mismos, en su beneficio, en como evitar un castigo o sentirse más importantes.

Comentando el libro con Sara le dije que la clave de la sinceridad es decir lo que uno piensa sin herir al otro, respetando sus sentimientos. No hay necesidad de ser cruel al expresar una opinión. Y le puse como ejemplo que si el vestido de una mamá te parece realmente horrible y ella te pregunta si te gusta, quizá no debas opinar directamente sobre él, sino comentar que el naranja siempre te ha parecido un color precioso.

Pero Sara, como en muchas ocasiones, me desmonta la coartada: "¿pero si el color naranja no me gusta qué hago?"

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