Durante una etapa de mi vida que algunos conocéis no pisaba la playa más que en días muy contados por aquello de los horarios, el cansancio y la obsesión por cuidar la garganta. Sin embargo, me encanta y muchos recuerdos de mi infancia están asociados a ella. Por suerte, desde hace algunos años las cosas han cambiado y puedo ir a la playa prácticamente cuando me da la gana y el clima de nuestra maravillosa Galicia lo permite...
Me considero una persona extremadamente observadora... y las diferentes escenas que se contemplan en la playa dan para mucho...así que hoy me apetece dedicar este comentario a los grandes momentos que nos depara una tarde cualquiera en una playa cualquiera.
Lo primero que debemos diferenciar para que estas letras lleguen a buen puerto es la compañía con la que vamos a la playa; nada tiene que ver una tarde con las amigas, tiradas al sol rajando sin parar, una tarde con la pareja charlando o durmiendo, según las necesidades de cada uno y...lo más de lo más...una tarde de playa con niños!!! Por ahí va la cosa...
El gran momento de playa comienza en cuanto aparcas el coche...más que nada porque hay que salir y cargar con los trastos hasta un lugar en la arena acompañada de dos niños (una de 12 y uno de casi 5) en cuyos planes no está ponértelo fácil. Se pelean, gritan y corren sin control...Pero lo cierto es que también se ríen así que hago la vista gorda y solo lanzo al aire una advertencia en tono grave: "cuidado que vienen coches". Cuando decidimos el sitio en el que nos asentaremos (porque lo nuestro parece un asentamiento de colonos judíos en la franja de Gaza) llega la primera dificultad de las próximas horas: pinchar la puñetera sombrilla.
Si, los tiempos en los que iba a la playa ligera de equipaje y la sombrilla era considerada cosa de viejas han pasado a la historia. La sombrilla es imprescindible. Ese punto no admite discusión. Y ponerla en la arena parece algo fácil...pero no es así en absoluto. He observado que esa suele ser tarea de hombres....debe ser por lo de la fuerza bruta. Ellos se esfuerzan en colocarla de tal forma que no la derribe ni un tsunami y ellas (nosotras, las mujeres) nos limitamos a dirigir: "no, más a la derecha...bueno ahora ya está..déjala así...ahí no se va a aguantar..." y un sinfín de quejas bien intencionadas hasta que nos miran a punto de estallar, empapados en sudor y maldiciendo el momento en el que se apuntaron a la excursión playera.
Es muy femenino eso de decirles (a nuestros respectivos) que hagan algo para a continuación estar supervisando cada movimiento cual mosca cojonera y casi nunca conformes con el resutado final. Esa frase de mi madre de "máis vale facelo que mandalo" cobra sentido en éste y otros muchos momentos.
El momento "échate crema" es uno de mis favoritos....Casi ningún miembro del sexo masculino se da crema protectora por iniciativa propia y a sí mismo. Y cuanta más edad...peor. Ellos están en su silla o en la toalla y somos nosotras las que insistimos "te vas a quemar...pero hombre, qué trabajo te cuesta echarte un poco en los hombros...después te quejas..." y bla bla bla. Y al final, nos levantamos nosotras para untarlos de arriba a abajo con esa sustancia pringosa que tanto les incomoda sentir en sus manos, pero que adoran notar en la espalda acompañada de un sutil masaje...
Y qué decir de los juegos en el agua con nuestros niños....(que también son los suyos a pesar se que en ocasiones se nos olvida). La estampa es más común de lo que pueda pensarse. A muchas mamás les falta girar la silla y dar la espalda a lo que ocurre en la orilla.. Y es que, reconozcámoslo...ellos son más osados y por qué no, más divertidos que nosotras a la hora de jugar en el agua con los niños. Y lo que para ellos es un rato de recreo, de risas sin normas, para nosotras respresenta un posible peligro. Si en el grupo playero hay más de una mamá "sufriendo" las aventuras acuáticas de padre e hij@, la conversación gira en torno al poco sentido común de los papás...que si son brutos, que si un día tenemos un susto, que si va a acabar llorando el niño...
La merienda es otra fuente inagotable de conflictos: ellas empeñadas en secarlos con mimo, ponerles otro bañador y sentarlos al sol en una toalla sacudida mil veces para que no coman con frio. Ellos erre que erre que van a tener calor y que se sienten debajo de la sombrilla. Y si la merienda la comparte una pareja... otro momento en el que asoma cierta tirantez "pásame la fruta...te olvidaste el cuchillo...la coca cola está demasiado fría...por qué no metiste más yogures... pues haber llenado tu la nevera..." y el tono se eleva hasta entrar en un dinámica de reproches que culminan en un malestar que a punto está de fastidiar la tarde.
Y, ¿que opináis de ese trance doloroso que supone que un hombre quiera guardar sus llaves, cartera o lo que sea en nuestra bolsa de playa de diseño moderno y colores alegres y lo revuelva todo? Algunos ya llevan su propio macuto (los menos) lo cuál es un alivio, pero yo he presenciado desde la distancia, cómodamente sentada en mi silla, alguna situación tensa, provocada por un "no encuentro la llave del coche...no cierras la cremallera y ahora está todo lleno de arena...te dije que lo guardaras en el otro bolsillo no en éste..."
El momento pelmazo es un clásico: "báñate cariño...si está buenísima, no sé para que vienes... solo un ratito para refrescarte..." que enlaza inevitablemente con el momento hacerse el gracioso, cuando te salpica o te da el temido abrazo del oso recién salido del agua. Si la chica en cuestión se enfada es una sosa y encima tendrá que aguantar un sermón aburrido sobre el sentido del humor del que carece y que es tan importante para vivir. Todo ello desde el punto de vista del energúmeno que monta un pollo cuando le interrumpen la lectura del Marca con una llamada de móvil...
Y ahora llega mi momento, es decir, cuando soy yo la que da que hablar en la playa con mis dos niños, colorada como un tomate (con lo mal que llevo el calor) pidiendo paciencia a los dos, que reclaman atención al unísono y sin dejar de pronunciar la palabra mágica que todo lo puede: mamá...
Mamá los juguetes, mamá quítame los zapatos, mamá dame mi libro, mamá no encuentro la toalla, mamá quema la arena, mamá quiero bañarme, mamá pisé una piedra, mamá la merienda...Y yo, cuento hasta cincuenta y sigo a lo mío porque acabamos de llegar y todavía he de desplegar en la arena una infraestructura digna de las obras del AVE. Admito que, a veces, la cuenta se interrumpe con un "¡esperad un momento, coño!" en un tono más que alto que, automáticamente, hace girar hacia nosotros las cabezas de quienes nos rodean pero que es muy efectivo.
Es duro ir a la playa con niños..,
En mi caso, procuro no molestar, incluso si puedo elegir, intento situarme al lado de más gente con niños y no de parejas acarameladas o matrimonios de edad avanzada con cara de pocos amigos que no se miran ni hablan en toda la tarde y que cada vez que abren la boca es para no estar de acuerdo en nada.
Insisto a mis hijos en que hay más personas alrededor, que la playa nos pertenece a todos y que el respeto no es negociable. Trato de que no pisen pies o toallas ajenas, le den a alguien con la pelota o salpiquen arena jugando con el cubo y la pala. Cuando, inevitablemente sucede, les reprendo y explico por sexta vez cómo han de comportarse y por qué. Y, por supuesto, pido disculpas.
Hay quien te comprende, sonríe y le quita importancia con la expresión tan socorrida de "son niños" y hay quien te mira como si fueses una delincuente por el mero hecho de haber tenido hijos y casi te hace sentir que deberías vivir recluída hasta que cumplan 18 años.
Hay quien te comprende, sonríe y le quita importancia con la expresión tan socorrida de "son niños" y hay quien te mira como si fueses una delincuente por el mero hecho de haber tenido hijos y casi te hace sentir que deberías vivir recluída hasta que cumplan 18 años.
Pero lo cierto es que los adultos en pocas ocasiones son un buen ejemplo.
Pretenden dormir una siesta placentera y sin interrupciones olvidando que no están en la cama de su casa. Fuman y entierran las colillas bajo la arena y hablan a gritos. Corren como posesos hacia el agua para hacerse los tarzanes, llevándose por delante niños pequeños que juegan en la orilla, o meten a sus perros en el agua a cualquier hora del día...Y, lo reconozco, me resultan insoportables los que se dan largos paseos de lado a lado de la playa, con paso militar y cara de concentración absoluta y que son incapaces de desviarse de su ruta ni aunque tropiecen con un ejército. Ah!!! Y casi siempre nos encontraremos alguna escena apasionada en el medio y medio de la playa...ellos lo disfrutan y la que escribe contesta a las preguntas que las posiciones y actitudes generan en nuestros niñ@s
Pretenden dormir una siesta placentera y sin interrupciones olvidando que no están en la cama de su casa. Fuman y entierran las colillas bajo la arena y hablan a gritos. Corren como posesos hacia el agua para hacerse los tarzanes, llevándose por delante niños pequeños que juegan en la orilla, o meten a sus perros en el agua a cualquier hora del día...Y, lo reconozco, me resultan insoportables los que se dan largos paseos de lado a lado de la playa, con paso militar y cara de concentración absoluta y que son incapaces de desviarse de su ruta ni aunque tropiecen con un ejército. Ah!!! Y casi siempre nos encontraremos alguna escena apasionada en el medio y medio de la playa...ellos lo disfrutan y la que escribe contesta a las preguntas que las posiciones y actitudes generan en nuestros niñ@s
En fin, que somos animales de costumbres y que rápidamente nos adueñamos de un espacio público utilizándolo como propio. Y así nos luce el pelo en estos momentos, (pero ese es otro tema).
Pese a todos los inconvenientes (de la vuelta a casa y la arena en todos los rincones imaginables hablaré en otra entrada), los días de playa con niños son maravillosos...Ellos sí que saben disfrutar sin complicarse, sin desperdiciar su tiempo en cosas triviales y sin irritarse a cada minuto, salvo causa justificada. Por ejemplo, que otro niño le quite sus utensilios para construir castillos o diques de contención, que alguien pise sus flanes, se meta en el agujero secreto cavado en la orilla o le salpique mientras intenta rescatar la pala del agua... Todo lo demás son nimiedades.
Tendríamos que aprender de su manera sencilla de ver la vida, pero no voy a ser demasiado severa. Para justificarme y justificarnos un poquito diré que bajo un sol de justicia todos cometemos errores...
Pese a todos los inconvenientes (de la vuelta a casa y la arena en todos los rincones imaginables hablaré en otra entrada), los días de playa con niños son maravillosos...Ellos sí que saben disfrutar sin complicarse, sin desperdiciar su tiempo en cosas triviales y sin irritarse a cada minuto, salvo causa justificada. Por ejemplo, que otro niño le quite sus utensilios para construir castillos o diques de contención, que alguien pise sus flanes, se meta en el agujero secreto cavado en la orilla o le salpique mientras intenta rescatar la pala del agua... Todo lo demás son nimiedades.
Tendríamos que aprender de su manera sencilla de ver la vida, pero no voy a ser demasiado severa. Para justificarme y justificarnos un poquito diré que bajo un sol de justicia todos cometemos errores...
sin comentarios.tal cual
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